6 alucinantes historias de estrellas del pop y el rock

Cuando Freddie Mercury se bebió una botella de vodka y otra de oporto antes de actuar

A pesar de su espíritu festivo y hedonista, no se recuerda a Freddie Mercury cantando especialmente perjudicado. Sin embargo, el 13 de abril de 1985 perdió los papeles en Auckland (Nueva Zelanda) al aliarse con Tom Hadley, de Spandau Ballet, quien lo recuerda así en la biografía del líder de Queen escrita por Lesley-Ann Jones: “Me dejé caer por la prueba de sonido y Freddie y yo volvimos juntos al hotel y tomamos una copa en el bar. A eso siguió una botella de vodka. Luego una de oporto gran reserva en su habitación. Con una buena cogorza, me dijo que tenía que salir esa noche a cantar Jailhouse rock. Entonces caí en la cuenta y le dije: ‘No tengo ni puta idea de la letra’. A lo que él respondió: ‘¡No importa, yo tampoco tengo ni puta idea!”.

El desastre estuvo realmente cerca, pues la melopea llegó a un punto de (casi) no retorno en el que Freddie era incapaz de vestirse solo. Con ayuda de varios asistentes consiguió llegar al escenario justo a tiempo, aunque el teclista Spike Edney -aún con los Queen actuales- relata así la escena: “Improvisaba, se inventaba cosas, cantaba cosas absurdas y así estuvo la primera media hora del concierto. Llegados a la mitad se serenó un poco y todo fue sorprendentemente bien”. Por puro instinto, Mercury salvó una situación que casi encalla dramáticamente cuando Hadley se equivocó y empezó a cantar Tutti frutti en lugar de Jailhouse rock. “Brian [May] estaba en plan ‘¿qué demonios es esto?’. Pero los demás simplemente se partían de risa”, recuerda el cantante de Spandau Ballet. Aunque suponemos que ha adornado la historia y en realidad no todos se reían ante la inminencia de la hecatombe delante de 45.000 fans.

Cuando Alice Cooper destrozó una gallina en pedazos, le arrancó la cabeza y se bebió la sangre. ¿O no?

La anécdota más famosa de Alice Cooper, la misma que comenzaría su fama de hombre salvaje del rock (antes que Ozzy Osbourne), fue aquella que tuvo lugar en el Toronto Peace Festival de 1969. El mánager de la banda rechazó que le pagaran con tal de que ellos tocaran un lugar antes del grupo principal, pues había aproximadamente 80.000 personas viendo el concierto. Antes de Alice Cooper habían tocado los Doors. Y el grupo que cerraría el festival sería nada menos que John Lennon y Yoko Ono con la improvisada Plastic Ono Band (con Eric Clapton y Klaus Voorman).

Cuando llegó el turno de Alice Cooper, Jim Morrison estaba a la derecha del escenario y John y Yoko a la izquierda, mirando el espectáculo. Cooper pensó que, con esos espectadores privilegiados, tenía que causar una gran impresión. En aquel entonces la banda solía finalizar su presentación deshaciendo varias almohadas de plumas, que volaban hacia el público gracias a tanques de oxígeno. En medio de la lluvia de plumas, Alice miró hacia abajo y para su sorpresa había una gallina en el escenario (¿quién diablos lleva una gallina a un concierto?). Así que tomó al ave y se le ocurrió que como tenía alas, volaría sobre la audiencia. “Soy de Detroit, ¿yo qué voy a saber de gallinas?”, diría después. Alice simplemente la arrojó al público, quienes procedieron a destrozar a la pobre gallina (irónico para un festival de “paz”). Luego, arrojaron los pedazos al escenario. Al día siguiente los titulares de los periódicos decían: “Alice Cooper destroza una gallina en pedazos, le arranca la cabeza y se bebe la sangre”. Inmediatamente recibe una llamada de Frank Zappa quien le dice: “Alice, ¿mataste a una gallina en el escenario anoche?”. Cooper le responde que no. Y Zappa le dice: “Perfecto, ¡no se lo digas a nadie!, ¡les encantó!”. Por si fuera poco, la gente que ocupaba las primeras 10 filas del concierto eran personas en sillas de ruedas: ellos fueron los que mataron a la gallina.

Cuando Ozzy Osbourne le dio un mordisco a un murciélago en un concierto

Tras ser expulsado de Black Sabbath por sus excesos, Ozzy empezó la década de los ochenta con la firme intención de triunfar como solista. Con buena predisposición se presentó a una reunión en la CBS para hablar de su primer disco en solitario, Blizzard of Ozz (1980). Ante el tedio mostrado por los ejecutivos, decidió dar un salvaje golpe de efecto mordiendo a una paloma, arrancándole la cabeza y lanzándola sobre la mesa ante el estupor generalizado. Fue expulsado rápidamente del edificio, pero la maniobra surtió efecto y el rockero terminaría vendiendo un millón de ejemplares de su debut.

Eso lo hizo a propósito, aunque convenientemente enajenado por el alcohol, según él mismo relata en sus memorias. Lo que no hizo aposta fue morder la cabeza de un murciélago durante un concierto en Desmoines en 1982, tal y como rememora él mismo: “Del público salió un murciélago y pensé: ‘Un juguete’. Así que lo levanté ante los focos y enseñé los dientes. El público se volvió loco y entonces hice lo que siempre hacía con los juguetes de goma sobre el escenario. Lo mordí. De inmediato sentí que algo iba muy mal. La boca se me llenó de un líquido pegajoso y cálido con el peor regusto que os podáis imaginar. Noté que me manchaba los dientes y me corría por la barbilla. Y luego la cabeza se movió dentro de la boca”. Tras ser trasladado en silla de ruedas a las emergencias del hospital más cercano, Ozzy tuvo que acostumbrarse al dolor de las inyecciones antirrábicas durante todo el resto de aquel tour.

Cuando Malcolm Young entró al camerino de Mötley Crüe y…

En una época en la que todos los rockeros eran forajidos ingobernables, Mötley Crüe se empeñaron en ser los maestros de la barbarie -con permiso de Ozzy-. Así se puede explicar, al menos un poquito, que adquirieran la estúpida costumbre de morderse unos a otros, algo que según Nikki Sixx era “un rollo cordial”, pero obviamente “dolía si no estabas pedo”. Cualquiera que haya leído su autobiografía, Los trapos sucios, sabe que eran capaces de todo, por lo que esto de los bocaditos cariñosos tampoco pilla por sorpresa. Aunque como era de esperar, se les fue de las manos en más de una ocasión, tal y como el bajista cuenta en una de las miles de anécdotas acumuladas por la banda.

“La noche del primer concierto del Monsters of Rock en Donington (1984) yo estaba tan borracho y tan puesto de coca que me acerqué a Eddie Van Halen y le hice un placaje”, comienza Sixx, quien prosigue: “A continuación le levanté la camisa y le di un mordisco en el estómago. Eddie se levantó, se sacudió el polvo y me miró entrecerrando los ojos. Antes de que tuviera oportunidad de disculparme, Vince Neil [cantante de Mötley Crüe] se le echó encima corriendo y le hundió los dientes en la mano. Aquello puso a su esposa Valerie completamente histérica: nadie le muerde a Eddie Van Halen la mano con la que toca la guitarra. Supongo que también debí morder a Angus Young, porque su hermano Malcolm se acercó a mi cabreadísimo. Yo llevaba zapatos de plataforma así que él quedaba a la altura de mi ombligo: ‘¡Hijo de puta, vale que le hayas mordido a mi hermano, pero como tengas los cojones de intentar morderme a mi te arrancaré la puta nariz de un bocado, maricón de mierda!’. Y antes de darme cuenta estaba trepando por mis piernas y arañándome la cara como un gato enloquecido. Conseguimos echarle del camerino, pero podíamos oírle arañando la puerta”.

Cuando Aerosmith mandó construir la caseta del vicio

Tal era el abuso de las drogas en el seno de Aerosmith durante los setenta que la pareja formada por el vocalista Steven Tyler y el guitarrista Joe Perry es conocida desde entonces como The Toxic Twins (Los Gemelos Tóxicos). Dependencia pura que derivó en una idea que en la cabeza del cantante era genial, pero que no hizo otra cosa que demostrar que iban cuesta abajo y sin frenos. “Siempre tenía en escena mi botiquín en un tambor vacío de catorce pulgadas, en cuyo fondo había una botella de Jack Daniel’s y dos vasitos de papel: uno lleno de coca con una pajita, el otro con Coca-Cola y Jack Daniel’s”, confiesa Tyler en sus memorias, pasando luego a describir su nada discreto modus operandi: “Me iba detrás de los amplis, me cubría la cabeza con una toalla y metía la pajita en la nariz. La pajita salía del vaso, como si fuera para beber”.

Llegados a ese punto de descaro y normalidad, Steven decidió mandar que le construyeran un camerino en escena donde poder esnifar con más intimidad mientras la banda seguía tocando: “La idea era una garita pequeña y portátil que pudiésemos situar en la parte trasera del escenario. Así que en 1976 encargamos un pequeño camerino a una compañía que diseñaba y montaba iluminación para teatros y también decorados. Les dimos los planos y las medidas: 36 pulgadas (94 centímetros) de profundidad, 36 de ancho y dos metros de alto. Pero cuando llegó medía 11 por 11 metros. Era un trasto tan jodidamente monstruoso que tuvieron que transportarlo en un camión enorme. Fue como el accesorio de Stonehenge en Spinal Tap pero al revés. Lo devolvimos. Escribimos en él: ‘vendédselo a los Stones’. Creo que lo hicieron”.

Cuando Lemmy pidió un boli, escribió una letras y ganó más dinero que en 15 años de Motörhead

El icónico Lemmy Kilmister comenzó su andadura musical a finales de los años sesenta enrolándose en diversas bandas antes de pasar a formar parte de Hawkind en 1971 y luego fundar Motörhead en 1975. Teniendo en cuenta que estamos ante uno de los grupos capitales de la historia del rock, lo natural sería pensar que su líder, fallecido en diciembre de 2015, disfrutó en vida de todo tipo de placeres y comodidades. Pues no. Placeres sí que degustó, como procede a un rockero incomparable en todos los sentidos, pero el apartado de las comodidades nunca estuvo del todo cubierto hasta los años noventa.

Fue entonces, después de álbumes tan laureados como Bomber (1979), Ace of spades (1980) o Iron fist (1982) cuando al fin consiguió cierta estabilidad. Y no gracias a la rentabilidad de Motörhead, sino a un encargo de Sharon Osbourne, quien le pidió que escribiera algunas canciones para el disco No more tears (1991), de su marido Ozzy Osbourne. “Ese álbum vendió millones de ejemplares y yo había compuesto cuatro de sus canciones. Fue uno de los encargos más sencillos que he tenido en la vida. Me llamó Sharon y me dijo: ‘Te pagaré x cantidad de dinero si compones unos temas para Ozzy’. Así que le dije: ‘Está bien, ¿tienes un boli?’. Escribí seis o siete letras y Ozzy acabó usando cuatro de ellas: Desire, I don’t want to change the world, Hellraiser y Mama I’m coming home. Gané más dinero con esas cuatro canciones para Ozzy que en 15 años con Motörhead. ¡Qué absurdo!”, confiesa en su autobiografía Lemmy.