Casa de Papel
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Después de los crímenes de Odebrecht, ha quedado en evidencia que los responsables de los robos de la riqueza de los países –y de su consecuencia, la desatención de los servicios para las mayorías– son los grandes empresarios y los políticos. Sin embargo, algunas pocas veces, unos marginales, verdaderos desechos de nuestras sociedades, buscan torcer sus miserables destinos y arrebatar algo de lo mucho que se les ha negado. Por supuesto, jugándose la vida. Ya todos sabemos que cuando los ladrones son los gobernantes o sus secuaces burócratas, sus delitos son penados, cuando lo son, con breves estancias en cárceles doradas o arrestos domiciliarios.

La serie española La casa de papel (emitida en España el 2017 y que hoy es parte del menú de Netflix) nos narra la historia de atracadores provenientes de cunas desheredadas. Esta procedencia hace que desde el inicio sepamos que el único fracaso de su acción sería no realizarla. Nueve son los integrantes de la banda. Excepto uno, todos han tomado el nombre de una ciudad, los seudónimos provienen de los cinco continentes: El profesor, Berlín, Nairobi, Tokio, Helsinki, Oslo, Moscú, Denver y Río. Entre los bandidos hay una experta en falsificación de dinero, un experimentado cerrajero y un diestro hacker. Lo importante, en todo caso, ha sido reclutar gente decidida y que sabe vivir al margen de la ley.

¿Plan perfecto?

El objetivo del atraco es la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Al mejor estilo de la maquinita empleada por los Estados para salvar bancos y financieras, los atracadores van a imprimir la mayor cantidad de millones de euros que puedan en lo que dure el asalto. La duración del atraco lo dicta el tiempo que se tomen en preparar el escape y el que gaste la policía para decidir ingresar.

El cerebro de la operación, el profesor, sabe que ningún plan es perfecto, pero ha procurado anticiparse a las fuerzas del orden en casi todo. Por ejemplo, él dirigirá desde afuera y asistirá la fuga. Es imposible saber si el cabecilla solo busca dinero o si lo motiva algo distinto. El que entone y haga entonar a su grupo Bella Ciao, tema emblemático de la resistencia antifascista italiana, sugeriría que lo anima un ideal.

Como habrá toma de rehenes, para dificultar el rescate, secuestrados (varias decenas) y captores vestirán mamelucos rojos y máscaras que combinan la faz del personaje subversivo de la película ‘V for Vendetta’ (2006) con el no menos provocador rostro de Salvador Dalí.

Un atraco “bien visto”

Fundamental en el asalto ha sido buscar la adhesión de la opinión pública. El momento del atraco es sin duda oportuno: crisis económica y elocuente corrupción gubernamental. El plan requiere por eso que no haya derramamiento de sangre y aunque con necesidad las fuerzas del orden empezarán los tiros, la respuesta debe ser defensiva y no letal.

La serie cumple con el deber de todo arte: divertir. La mayor parte del tiempo se trata de una diversión sencilla, con romance y suspenso en dosis tolerables. Por momentos la diversión alza vuelo y vemos a las fuerzas del orden en su miseria y a los atracadores justificados, casi como héroes. El mundo revolucionado es siempre sugerente. El televidente necesita ver, aunque sea en la ficción, a los verdaderos malos derrotados.

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